
Fortaleza estructural, tensiones reales y lo que viene.
Por años se ha repetido la idea de que el dólar está “perdiendo su rol” como moneda dominante. La narrativa se ha vuelto recurrente: desdolarización, nuevos bloques económicos, monedas alternativas, oro, incluso criptoactivos. Sin embargo, cuando uno analiza los datos con calma y los contrasta con el funcionamiento real de los mercados, la conclusión es menos ideológica y más técnica: el dólar puede enfrentar presiones, pero sigue siendo el eje operativo del sistema financiero global.
Hablar del dólar exige separar dos planos que suelen mezclarse. Uno es el dólar como moneda del sistema —reserva, medio de intercambio, moneda vehículo— y otro muy distinto es el dólar como precio, es decir, su tipo de cambio frente a otras divisas. El primero cambia muy lentamente; el segundo puede moverse con fuerza en ciclos relativamente cortos.
En términos de uso, el dominio del dólar sigue siendo difícil de sustituir. El mercado cambiario global es el mejor reflejo de esto. Según el último triennial survey del Bank for International Settlements, el dólar estuvo involucrado en aproximadamente el 88% de todas las transacciones FX. Esto significa que, incluso cuando dos países no tienen relación directa con Estados Unidos, el dólar suele ser el puente de liquidez.
Gráfico 1 – Participación por moneda en el mercado FX (lado del trade)

Este dato es clave porque refleja un fenómeno de red: las monedas no compiten solo por confianza, sino por liquidez, profundidad, cobertura y costos de transacción. Cambiar la moneda dominante implicaría reconstruir toda esa infraestructura, algo que no sucede en ciclos políticos ni en horizontes de pocos años.
Donde sí se observa un cambio más visible es en la composición de reservas internacionales. Los datos del International Monetary Fund muestran que la participación del dólar ha disminuido gradualmente respecto a décadas anteriores, moviéndose hoy en la zona media de los 50 puntos porcentuales. Este ajuste, sin embargo, no implica un reemplazo directo, sino una diversificación marginal hacia otras monedas y activos no tradicionales, incluido el oro.
Gráfico 2 – Cuota del USD en reservas internacionales asignadas

La lectura correcta, a mi juicio, no es que el dólar esté siendo “abandonado”, sino que los bancos centrales están reduciendo concentración de riesgo. Es un cambio de gestión, no de paradigma.
A partir de aquí, la pregunta relevante para el inversionista no es si el dólar seguirá existiendo como moneda global —eso parece claro— sino cómo se comportará su precio en los próximos trimestres. En ese plano, hay varios factores que merecen atención.
El primero sigue siendo el diferencial de tasas reales. Mientras la Reserva Federal mantenga una postura relativamente más restrictiva que otros bancos centrales, el dólar conserva soporte estructural. Si el mercado empieza a descontar recortes más agresivos en Estados Unidos que en Europa o Asia, ese soporte se debilita.
El segundo es el crecimiento relativo. Estados Unidos ha mostrado una resiliencia económica superior a la de otras economías desarrolladas. En la medida en que esa divergencia se mantenga, el flujo de capital tiende a favorecer al dólar, incluso en escenarios donde el apetito por riesgo mejora.
El tercer punto —menos discutido, pero cada vez más relevante— es el frente fiscal. El mercado ha tolerado déficits elevados durante años, pero la discusión empieza a girar hacia la sostenibilidad de largo plazo. Esto no implica una crisis inminente del dólar, pero sí sugiere que la moneda podría entrar en una fase de mayor volatilidad estructural, especialmente si la política fiscal se convierte en un factor dominante del pricing.
A esto se suma la geopolítica. Las sanciones financieras, la fragmentación del comercio y la regionalización de cadenas de suministro empujan a algunos países a reducir dependencia. No obstante, en la práctica, muchos de esos movimientos terminan reforzando instrumentos denominados en dólares fuera del sistema bancario tradicional, más que eliminándolos.
Desde mi perspectiva, el escenario base para los próximos 12 a 24 meses no es binario. Veo tres caminos razonables.
Un primer escenario es el de un dólar firme, sostenido por diferenciales de tasas y episodios recurrentes de aversión al riesgo. No necesariamente un dólar fuerte en tendencia, pero sí difícil de debilitar de forma sostenida.
Un segundo escenario es un dólar más suave, si los recortes de la Fed se materializan antes y con mayor intensidad que en otras economías, y si el crecimiento global se sincroniza mejor. Este sería un entorno más favorable para monedas cíclicas, sin alterar el rol sistémico del dólar.
El tercer escenario —menos probable, pero relevante— es uno de alta volatilidad, impulsado por shocks geopolíticos, inflación persistente o tensiones fiscales. En ese contexto, el dólar puede moverse con fuerza en ambas direcciones, y la gestión del riesgo se vuelve más importante que la dirección.
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