Regresando a “Doña Inés Vs Oblivion” en

Regresando a “Doña Inés Vs Oblivion” en

Esta novela comienza con una premisa irresistible: cuando mueres y te conviertes en fantasma, eres una conciencia imparable que atraviesa lugares y tiempos, que lo sabe todo, y que por tanto puede contarlo todo. Dejas de ser cuerpo pero adquieres el poder de ser memoria y de ser literatura.

El título de esta gran obra de Ana Teresa Torres, publicada en 1992 por la entonces magnífica editorial estatal Monteávila Editores, es directo y transparente sobre lo que encontrarás entre sus páginas. Doña Inés contra el olvido (traducido al inglés por Gregory Rabassa en 1999, como Doña Inés Vs Oblivion) comienza con una rica matrona venezolana confinada en su habitación en una casa en el corazón de Caracas en 1715, tratando de que alguien la escuche. Ella dice que la han dejado sola; nadie más que ella se preocupa por reconstruir el orden mundial, que se está corrompiendo porque en las tierras de la familia en Barlovento ha surgido un pueblo de antiguos esclavos, liderados por un hombre que creció en esa casa, hijo de una esclava a quien ella liberó, y de quien sospecha, o más bien tiene la certeza, es hijo de su marido.

Alzando la voz para exigir la devolución de lo que es suyo y para evitar que otros adquieran el estatus que, para ella, es de unos pocos, Doña Inés contará la historia de Venezuela tal como la heredó de sus antepasados ​​descendientes de los conquistadores, y como la presencia desde lo más alto de la sociedad. Una posición que implica privilegios materiales, pero también un profundo desconocimiento del mundo, de la vida de los demás, confinada a una existencia definida por rígidas normas de clase, su condición de mujer y su reclusión en unas pocas calles de esa Caracas de treinta mil habitantes. De esta manera, hay muchas cosas que este personaje no ve y de las que no habla, y muchas otras cosas que, por el contrario, es capaz de revelarnos.

Por la forma esquemática y distorsionada con la que siempre nos han enseñado nuestra historia, tendemos a pensar que, aparte de los enfrentamientos iniciales o el terremoto de Nueva Cádiz, nada sucedió en Venezuela hasta las rebeliones de los “precursores” como Chirino, Gual y España, y el 19 de abril de 1810. Pero esta novela deja claro que esta Venezuela colonial del siglo XVIII era todo menos pacífica. Las desgracias no cesan, las epidemias nunca terminan antes de ser reemplazadas por nuevas olas, y las elites ven que entre terremotos, las costumbres se relajan, según lo ven desde su perspectiva, lo que en la práctica significa que las otras castas amenazan sus privilegios sin que la metrópoli haga mucho para impedirlo.

El reclamo de Inés de Villegas y Solórzano, que cita documentos sobre el pasado y el presente de su linaje, sobre los privilegios y las tierras y personas que poseen, sobre su pureza de sangre y sus privilegios divinamente ordenados, es el aliento que mantendrá viva la voz narrativa durante tres siglos. Porque pasan las décadas y Doña Inés sigue contando su historia. Uno hace cuentas y ve que es imposible que esté viva y piensa que ahí termina la historia, que su voz se callará con la muerte de Doña Inés mucho antes de que estalle la independencia, pero continúa. Doña Inés no muere. O mejor dicho, muere, pero eso no viene al caso, porque no se queda callada. Esa voz en esa habitación sigue contando su historia, sigue haciendo afirmaciones y sigue narrando un cataclismo tras otro, un cambio tras otro. No puede evitar que su mundo cambie y, finalmente, desaparezca. En este sentido, esta novela tiene una conexión con País portátiltanto en el aspecto como en la técnica, al tiempo que evita sumergirse en la guerra cultural en Doña Bárbara o la guerra de clases en Las lanzas coloradas.

Quizás lo que llamamos Historia sea en realidad eso: una voz fantasmal en el fondo de una casa antigua, que emana de un fajo de papeles que han sobrevivido al agua, al fuego y a los insectos.

Desde su cama, la matrona habla con los muertos, con los blancos y con los negros, hurgando en papeles y recuerdos. Intenta imponer desde allí el orden, al menos para combatir el olvido, pero no logra superar ni el caos ni la amnesia colectiva, porque cada realidad que intenta fijar con la palabra de ley escrita en un documento se disuelve en medio de las decisiones de las personas, especialmente de los hombres, y de los trastornos del paisaje: terremotos, incendios, revoluciones. Llega la Independencia, seguida de los años de Páez, la Guerra Federal, Guzmán, Gómez, el siglo XX… La voz de Doña Inés se traslada con sus descendientes a otra parte de la ciudad, porque su antigua casa deja de existir, y se adentra en los años 80. En el camino se escuchan algunos cambios en esa voz, se nota que se han adoptado palabras y expresiones que no existían cuando empezó a hablarnos allá por 1715, y que tantas transformaciones la han hecho revisar algunas de sus inquebrantables opiniones, aunque no lo admita.

Y la persistencia de la conciencia de Doña Inés te lleva a plantearte preguntas. Quizás lo que llamamos Historia sea en realidad eso: una voz fantasmal en el fondo de una casa antigua, que emana de un fajo de papeles que han sobrevivido al agua, al fuego y a los insectos.

Nuevas voces en viejos silencios

Ana Teresa Torres (fotografiada por Lisbeth Salas en la imagen que acompaña este artículo) recuerda perfectamente cómo decidió organizar su novela desde esa perspectiva. “Al principio”, dice Crónicas caraqueñas de Toronto, donde pasa parte del año, «no hubo problema porque el personaje hablaba de lo que estaba pasando en su vida o de sus recuerdos. Pero luego pasó lo que suele pasar con los personajes de ficción (siempre recalco esto): empiezan a tomar sus propias decisiones, y es muy importante permitirles hacerlo porque significa que has creado un personaje con identidad propia y no un títere o una voz pronunciada por un ventrílocuo. Doña Inés empezó a hablar no sólo de circunstancias presentes y pasadas sino también de el futuro, testificando sobre situaciones y personas que ella no podría haber conocido o comprendido. Un enfoque técnico habría sido hacer que estas narraciones correspondieran a otros personajes que surgieran según las necesidades del tiempo y del tema; esa idea era perfectamente posible, pero me pareció que de esa manera la novela se convertiría en una colección de historias y perdería su unidad, entonces decidí que la voz seguiría siendo la de ella, la voz del personaje que me había introducido en su mundo, y la única manera de escucharla era preservar su identidad.

Ahí surgió el elemento del viaje en el tiempo, junto con la necesidad de ofrecer al lector lo que Torres ha descrito en sus ensayos como el “pacto de la ficción”: ese acuerdo entre autores y lectores que se embarcan, cuando funciona, en una historia que saben inventada. «No le estaba pidiendo (al lector) que creyera en fantasmas, sino que acompañara a Doña Inés en su sorpresa por lo que ve y oye mientras revolotea en épocas futuras. Efectivamente fue una decisión técnica, y afortunadamente los lectores no sólo la entendieron sino que la disfrutaron».

Otro aspecto, visto desde el presente, es la competencia entre historia y memoria. Los venezolanos compensamos nuestro desconocimiento de la historia con una memoria contaminada por muchos recuerdos falsos, por mitos, y luego vino el chavismo a manipular ese proceso. Hoy, en 2026, podemos asistir a serios intentos por parte de profesionales, pero también de entusiastas que a veces hacen cosas muy interesantes, de reconstruir un pasado sin distinguir entre historia y memoria. Para el autor de Doña Inés Vs OblivionSin embargo, no hay tensión entre historia y memoria: ambas son narrativas.

Para Ana Teresa Torres, “la novela es capaz de introducir muchas voces, que no son ni verdaderas ni falsas, sino diferentes perspectivas de los acontecimientos que, por tanto, abren más interpretaciones del pasado”

“No quiero decir que las narrativas sean mentiras (aunque pueden serlo), sino que son una forma de presentar (y omitir) los hechos, lo que supongo que no es la opinión de todos los historiadores”, explica Torres. “Para dar un ejemplo: la historia y la memoria de la Guerra de la Independencia desde una perspectiva patriótica son a la vez las de una gesta heroica para devolver la libertad a los pueblos sojuzgados por la corona española, pero supongo que esos mismos hechos, vistos desde una perspectiva leal, cobrarían un significado diferente”. Torres recuerda el comentario del académico Omar Osorio Amoretti: Doña Inés Vs Oblivion presenta una visión de la historia concebida como un continuo de fracasos “que surge del declive del programa republicano democrático que se experimentó a finales de los años 1980, cuando escribí la novela”.

Teniendo en cuenta todo esto, ¿la narrativa nos ayuda a resolver el conflicto entre historia y memoria, o más bien a reunir las piezas que faltan, o a señalar dónde están los huecos en el rompecabezas? «No creo que la narrativa resuelva el conflicto entre historia y memoria», concluye Ana Teresa Torres, «porque los escritores, como los historiadores, son propensos a inyectar sus propias opiniones y perspectivas en las narrativas, sean conscientes de ello o no. Mi opinión se inclina más hacia las piezas que faltan, en la medida en que la novela es capaz de introducir muchas voces, que no son ni verdaderas ni falsas, sino perspectivas diferentes sobre los acontecimientos que, por tanto, abren más interpretaciones del pasado».

Veamos qué otras visiones traería el regreso, a partir de 2026, a una novela muy diferente publicada en 1979 que también explota la voz de los mantuanos: Los amos del valleby Francisco Herrera Luque.

Check Also

Potencia nuclear contra insurgencia: la guerra desigual entre Pakistán y el Afganistán talibán

Potencia nuclear contra insurgencia: la guerra desigual entre Pakistán y el Afganistán talibán

Islamabad podría contar con 170 ojivas de arsenal nuclear, mientras que el Kabul de los …