La presión del ocio y las renovables altera el comportamiento de las águilas | Medio Ambiente

La presión del ocio y las renovables altera el comportamiento de las águilas | Medio Ambiente

Durante años se ha asumido que las grandes rapaces se habían acostumbrado a la presencia humana. La afición al senderismo, la escalada o el ciclismo compartían el territorio con ellas sin que, en apariencia, nada cambiara. Esa idea autocomplaciente se ha derrumbado con los datos. El seguimiento por GPS revela un patrón de comportamiento persistente: cuando aumenta la actividad humana, las aves se mueven más, recorren mayores distancias y asumen también mayores riesgos para su supervivencia.

Las águilas no solo cumplen una función ecológica esencial como un servicio ecosistémico gratuito, también cargan desde hace siglos con un poderoso simbolismo por su dominio del territorio. Esa admiración ha convivido siempre con la confrontación. Como superdepredadores, en lo más alto de la cadena trófica, han generado a la vez miedo y persecución, lo que las ha llevado a estar en peligro de extinción, un problema que afecta en cascada al resto de especies.

Lo explica Pascual López (València, 1980), profesor titular del Departamento de Microbiología y Ecología de la Universitat de València e investigador del Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva (ICBiBE), donde dirige el Laboratorio de Ecología del Movimientoen el Parc Científic de la institución académica. Desde hace más de dos décadas estudia cómo se mueven las aves rapaces en la Península ibérica, África y América Latina y trabaja “allí donde hay conflicto”, es decir, qué ocurre cuando la actividad humana altera esos movimientos. Con el apoyo gráfico del fotógrafo e investigador Roberto García Roa, especializado en conservación, su trabajo ha llegado a los titulares de medios internacionales como el guardiándestacando una conclusión incómoda: las rapaces no se han habituado a nuestra presencia tanto como creíamos.

La tecnología ha permitido desmontar este espejismo. Los datos GPS muestran cambios consistentes en el uso del espacio: las aves aumentan sus desplazamientos a medida que se incrementa la actividad humana, incluso sin contacto directo. El mismo resultado se ha observado en mamíferos a escala global.

Más allá del ‘efecto de fin de semana’

El llamado efecto fin de semanacuando en los periodos festivos se intensifica el uso recreativo del territorio, que lleva a las rapaces a modificar su comportamiento espacial, se ha visto superado con impactos silenciosos, pero acumulativos. “El campo ya no se vacía entre semana. Tras la pandemia, la presencia humana en espacios naturales se ha intensificado de forma casi continua. Y ese cambio tiene consecuencias”, explica López.

¿Es compatible este modelo de ocio con la conservación? La respuesta no admite una lectura binaria. “Puede ser compatible solo si se gestiona adecuadamente”, afirma López. Sin planificación ni regulación, muchos espacios naturales superan los umbrales de tolerancia de especies sensibles como el águila real o el águila perdicera, especialmente en fases críticas como la reproducción, que coincide además con picos de afluencia, como ocurre en Semana Santa.

López insiste en que buena parte del problema se concentra precisamente en los espacios que cuentan con algún grado de protección. “Muchas veces pensamos que un parque natural está protegido por el simple hecho de serlo, pero no siempre es así”, señala. La presión humana, explica, sigue aumentando también en estos enclaves, donde la regulación del uso público no siempre se adapta a las necesidades reales de las especies. “Si no se gestionan bien, la figura de protección por sí sola no garantiza la conservación”.

Aquí aparece una de las ideas que más debate genera: regular no es prohibir. Medidas selectivas y temporales —restricciones de acceso en áreas sensibles, regulación de actividades como la escalada en zonas de cría, adaptación de calendarios— permiten ordenar los usos en función de la biología de las especies.

El seguimiento por GPS ha cambiado también la manera de abordar la mortalidad. Electrocuciones y colisiones con tendidos eléctricos, disparos o envenenamientos —prácticas ilegales ancestrales que persisten pese a décadas de protección— aparecen ahora con precisión de coordenadas. “La telemetría aporta una objetividad sin precedentes para priorizar medidas correctoras”, señala López.

Regular no es prohibir

La transición hacia las energías renovables plantea retos reales para las águilas. La línea roja reside en implantar infraestructuras en áreas clave sin una evaluación rigurosa basada en datos reales de uso del espacio.

“No es cuestión de eliminar un parque eólico; a veces basta con retirar o reubicar unos pocos aerogeneradores en zonas clave para reducir el riesgo, como los puntos negros de las carreteras. Hay que corregir los tramos peligrosos”. La planificación, insiste el investigador, debe ser preventiva. “Hay lugares adecuados para desarrollarlas, pero es necesario que la ciencia actúe en las primeras fases, no solo cuando toca corregir los daños”, recalca.

Esa vocación aplicada se refleja en una ventana de su laboratorio, donde se ven en rotulador plazos de proyectos y nombres de compañías energéticas. Y tiene prohibido que se lo borren. La mayor parte de su investigación se sostiene gracias a convenios con empresas privadas. “Administraciones y empresas necesitan datos objetivos para tomar decisiones y recurren a la universidad para obtenerlos”, subraya López, cuya investigación abarca varias comunidades autónomas, Europa y Latinoamérica.

La pregunta clave, admite, es si esos datos se están aplicando. En algunos casos, la información recabada se ha traducido en corregir tendidos eléctricos, modificar infraestructuras o regular actividades en momentos críticos. En otros, sin embargo, los informes se quedan en un cajón. “La ciencia ofrece respuestas muy precisas, pero hace falta voluntad para aplicarlas”, señala este especialista.

El mensaje final evita el alarmismo. “Yo confío en la gente”, reconoce López. A nivel individual, los cambios son sencillos: respetar restricciones temporales, evitar zonas sensibles en épocas críticas y asumir que disfrutar de la naturaleza implica responsabilidad. La ciencia ha puesto los datos sobre la mesa. Qué se haga con ellos es, a partir de ahora, una decisión colectiva.

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