
La verdadera prueba del actual momento político de Venezuela no será institucional, sino política. No residirá en el nombramiento de un nuevo fiscal ni en ninguna decisión adoptada por un parlamento que, por diseño, refleje las preferencias de quienes están en el poder. Residirá en algo mucho menos controlable: el regreso de María Corina Machado.
Durante meses se ha hablado de normalización, de ajuste tecnocrático e incluso de una transición gestionada desde dentro. Es una idea atractiva, pero ilusoria. Como siempre, el chavismo no administra el espacio, lo ocupa. La idea de que de repente evolucionaría hacia un sistema regido por la moderación tecnocrática, incluso bajo la presión de Estados Unidos, siempre fue más una ilusión que un análisis.
Lo que ha cambiado no es la naturaleza del sistema, sino nuestra comprensión del mismo. Durante años, se supuso que el poder descansaba en un rígido equilibrio interno, una especie de trípode entre el liderazgo civil, la maquinaria del partido y el ejército. La marginación sin incidentes de Vladimir Padrino López sugiere lo contrario. Ahora relegado a un papel casi teatral como Ministro de Agricultura, aparece en exposiciones ganaderas con sombreros Borsalino y relojes Panerai. Hace tiempo que sabemos que el superpoder del chavismo es su adaptabilidad. Puede reorganizarse, absorber impactos y reasignar poder sin fracturarse, incluso en sus niveles más altos, y continuar.
Esa adaptabilidad es válida en ambos sentidos. Ayuda a explicar por qué Delcy Rodríguez ha podido consolidar su autoridad a pesar de presidir el país bajo la tutela del “diablo yanqui” y a pesar de las dudas anteriores sobre su capacidad de permanencia. También explica por qué el gobierno ha podido llevar a cabo una apertura limitada sin perder el control. Pero también fija los límites de esa apertura.
Porque el único problema que el sistema no ha podido resolver es el de la credibilidad.
Un campo vacío
El esfuerzo por atraer inversiones se ha topado con un muro que las reformas legales y las señales externas no pueden superar fácilmente. Los inversores no buscan simplemente incentivos, sino garantías: que el poder sea legítimo, que se respeten las normas y que la apertura de hoy no se revierta mañana. Hasta el momento, esas garantías no existen.
Como he argumentado antes, nada de esto significa que el capital dejará de fluir hacia Venezuela por completo. No lo hará. Hay empresas que saben cómo operar en este entorno, empresas que han construido sus modelos de negocio en torno al riesgo político y no a pesar de él.
Tomemos como ejemplo al Grupo Cisneros, que está tomando medidas para conseguir un fondo de inversión de mil millones de dólares destinado a la recuperación de Venezuela. O Chevron, que ha duplicado su presencia a través de un importante intercambio de activos con PDVSA, ampliando su participación en proyectos clave en la Faja del Orinoco.
Lo que no está llegando, al menos no todavía, es el capital transformacional, del tipo que requiere previsibilidad, seguridad jurídica y un horizonte político creíble.
Estos no son participantes ingenuos. Son actores con larga experiencia navegando en el sistema venezolano. Cisneros ha seguido siendo un jugador a pesar de las multas y suspensiones a lo largo de los años. Chevron, por su parte, se ha convertido efectivamente en el socio económico estadounidense más importante del gobierno actual, manteniendo operaciones a través de múltiples ciclos políticos y marcos regulatorios.
Pero ese es precisamente el punto.
Este no es el tipo de capital que Venezuela necesita.
Lo que llega, o se queda, es capital adaptado, capital que sabe cómo sobrevivir a la volatilidad, negociar a través de instituciones informales y operar sin plenas garantías. Lo que no está llegando, al menos no todavía, es el capital transformacional, del tipo que requiere previsibilidad, seguridad jurídica y un horizonte político creíble.
Y esa brecha no puede cerrarse únicamente con reformas. No se puede legislar para que exista ni negociar acuerdo por acuerdo. Requiere algo más fundamental: confianza en que el poder en Venezuela no es enteramente discrecional.
El mapa de presión
El momento en que esto sucede se vuelve aún más significativo a la luz del nuevo compromiso de Venezuela con el FMI y el Banco Mundial. Después de años de aislamiento, el país está siendo nuevamente incorporado al sistema financiero internacional, abriendo la puerta a la asistencia técnica, la reestructuración de la deuda y, eventualmente, a nueva financiación. Es la señal más clara hasta ahora de que la normalización, al menos a nivel institucional, está avanzando.
Pero esto sólo agudiza el problema subyacente.
Estas instituciones pueden ayudar a estabilizar cuentas, reestructurar pasivos y proporcionar liquidez. Lo que no pueden hacer es fabricar credibilidad donde no existe. Su regreso indica que Venezuela está siendo tratada, una vez más, como un país con el que se pueden hacer negocios. No garantiza que se cumplan las reglas de ese negocio.
En cierto modo, Delcy tiene la mano más fácil de jugar. El acuerdo actual en Venezuela se ha vuelto útil para Donald Trump en formas que van más allá del propio país. Dado que la campaña iraní no logró obtener los resultados que había anticipado, Venezuela ha asumido silenciosamente el papel de una historia de éxito en política exterior, algo tangible que puede señalar, tanto en términos de seguridad energética como de influencia geopolítica.
Esa utilidad no es uniforme en toda su coalición. Para los votantes más aislacionistas en lo que a menudo se conoce como país de paso elevado, una Venezuela estable que no requiera una mayor participación militar y que contribuya a estabilizar los precios de la energía en Estados Unidos es un resultado neto positivo.
Detener a Machado, después de apariciones en CERAWeek y reuniones de alto nivel en Europa y Washington, enviaría una señal clara e inmediata a los mismos actores que el gobierno ha estado tratando de cortejar.
El crudo venezolano ya está aliviando la presión sobre los costos del combustible estadounidense, reforzando la percepción de que el acuerdo actual ofrece beneficios prácticos.
Pero en el sur de Florida, el panorama es diferente. Los votantes latinos, particularmente los venezolanos, ya están incómodos con las políticas de inmigración de la administración y están mucho menos inclinados a aceptar la estabilidad bajo un liderazgo chavista reconfigurado como un punto final aceptable. En cambio, se sienten atraídos por el mensaje de Machado y cada vez más cautelosos respecto de lo que significaría un gobierno prolongado liderado por Delcy Rodríguez. Para ellos, el problema no es sólo la estabilidad, sino la ausencia de un horizonte electoral creíble.
Esto crea una tensión dentro de la propia lógica política de Washington. Por un lado, existe un incentivo para consolidar lo que parece estar funcionando: flujos de petróleo restablecidos, canales financieros renovados y un creciente compromiso internacional con Caracas. Por otro, sigue habiendo un electorado que espera algo más, un camino hacia las elecciones, no sólo la normalización.
Machado, en este contexto, enfrenta una tarea más compleja de lo que parece. No sólo está tratando de presionar al gobierno venezolano, sino que también está tratando de persuadir a una administración cautelosa de que vale la pena correr el riesgo de ir más allá del equilibrio actual, de que el próximo paso no es estabilizar el sistema tal como está, sino abrirlo aún más.
Y lo está haciendo con un respaldo institucional limitado. Gran parte del ecosistema de la sociedad civil venezolana alineado con la política del MAGA parece más centrado en mantener su propio acceso a la Casa Blanca que en promover una estrategia coherente para la propia Venezuela. Eso deja a Machado en una posición familiar, cargando el peso de la escalada política en gran medida sobre las piernas de su propio prestigio, pero ahora dentro de un conjunto de limitaciones mucho más estrictas.
Aquí es donde María Corina Machado vuelve a entrar en escena, no sólo como actor político, sino como variable estructural. Su regreso obliga a tomar una decisión que no puede posponerse. Permitirle regresar al país o detenerla.
Detenerla, después de apariciones en CERAWeek y reuniones de alto nivel en Europa y Washington, enviaría una señal clara e inmediata a los mismos actores que el gobierno ha estado tratando de cortejar. Estos no son observadores abstractos, son los mismos ejecutivos e inversores a los que ahora se les pide que comprometan capital. Arrestarla no sería simplemente una decisión política interna, sino que sería leído como una declaración sobre los límites de la apertura actual.
Permitirle regresar tampoco es gratuito. Se corre el riesgo de proyectar debilidad hacia una base que ha sido condicionada a esperar control. Crea un espacio para la movilización, la coordinación y la reactivación de la presión política que el sistema se ha esforzado por contener.
Pero en esta etapa, ese es un riesgo más manejable.
Un enfrentamiento limitado
El chavismo ha demostrado que puede absorber las contradicciones internas. Puede tolerar aperturas limitadas manteniendo el control general. Lo que está menos preparado para gestionar, al menos en este momento, es un colapso de la credibilidad externa en el preciso momento en que intenta reconstruirla.
Tampoco se trata de una confrontación entre actores libres. Machado está operando dentro de sus propios límites. Entiende que una escalada incontrolada podría interpretarse en Washington como un intento de descarrilar una estrategia que, por ahora, tolera el acuerdo actual. Su influencia depende no sólo de la movilización, sino también de la preservación de su legitimidad externa.
Lo que surge de esto no es una confrontación limpia, sino limitada. Ambas partes están presionando, pero ninguna es libre de presionar hasta el final. Machado necesita generar presión sin provocar una ruptura que le perjudique. El gobierno necesita contener esa presión sin cerrar el espacio de manera que socaven su propia estrategia económica.
Eso es lo que hace que su presencia física en el país sea tan trascendental. Sin él, la reactivación que estamos empezando a ver, los movimientos estudiantiles recuperando impulso, la reapertura de las estructuras partidistas y el regreso cauteloso de las figuras políticas, sigue fragmentada. Con ello, esa energía tiene un punto focal.
Y precisamente por eso su regreso se ha convertido en la verdadera prueba. No si el sistema puede producir resultados institucionales alineados con sus intereses, sino si puede tolerar y, en última instancia, absorber la presencia del único actor que no controla plenamente, sin deshacer el frágil equilibrio que está tratando de construir.
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