
Recuerdo que cuando era pequeña, mi mamá nombraba un lugar que me parecía no solo chistoso por su nombre, sino también por lo difícil de pronunciarlo; era todo un trabalenguas. Con el tiempo, fui estudiando sobre uno de los sitios más hermosos, fascinantes y misteriosos del planeta, que se encuentra en nuestro suelo: se trata del Sarisariñama.
El Sarisariñama es un tepuy o montaña tabular ubicado en la Amazonia venezolana, famoso por albergar en su cima unas enormes y casi perfectas simas circulares. Con sus 546 km² de extensión, está cubierto por un denso bosque que alcanza entre 15 y 25 metros de altura. La cima de este majestuoso lugar es un mundo en sí mismo: un hecho ya excepcional, si se tiene en cuenta que la mayoría de los tepuyes presentan cimas rocosas y escasamente vegetadas. Pero el asombro no termina ahí, ya que en el fondo de la sima Humboldt y la sima Martel —una sima es una cavidad profunda, un abismo o pozo en la tierra—, a cientos de metros de profundidad y protegidas del mundo exterior, la vida ha seguido un camino evolutivo propio.
Este sitio está ubicado en el suroeste del estado Bolívar, donde la frontera con Brasil se difumina en la inmensidad de la selva. Allí se erige una montaña sagrada. Su nombre indígena, Sarisariñama-Jidi, proviene de la lengua de nuestros nativos ye’kuana y encierra una leyenda: se dice que un espíritu maligno habita en sus cuevas y que devora la carne humana con un escalofriante sonido: «Sari… sari…». Más allá del mito, este extraordinario lugar es un prodigio de la naturaleza que desafía las convenciones geológicas y alberga en su cima un secreto tan inmenso como profundo: las simas o sumideros más extraordinarios del mundo.


El origen de los abismos
No es una montaña común. Forma parte del macizo Guayanés, una de las formaciones geológicas más antiguas de la Tierra, que data de la era Paleoproterozoica. Su estructura es un enorme bloque de cuarcita y arenisca perteneciente a la formación Roraima, un material increíblemente duro que ha resistido la erosión durante eones —unidades de tiempo geológico de las más grandes en la historia de la Tierra—, creando estas mesetas de cimas planas y paredes verticales.
¿Qué es lo que hace único a este lugar en el mundo?
Más allá de sus cuatro enormes simas, ha sido el proceso químico conocido como silicarenización lo que ha ido vaciando lentamente la roca desde dentro, creando cavernas subterráneas cuyo techo finalmente colapsó para formar estas gigantescas dolinas de paredes verticales. El agua de lluvia, ligeramente ácida, se ha filtrado a través de las grietas de la arenisca, disolviendo el «cemento» de sílice que une los granos de cuarzo durante millones de años. También impresionan sus dimensiones, fuera de lo común pero absolutamente reales, como lo demuestran estos récords:
Sima (sinkhole) Diámetro (boca) Profundidad Característica principal
Sima Humboldt Hasta 352 m 314 m La de mayor diámetro y volumen. Contiene un bosque aislado en su fondo.
Sima Martel Variable ~300 m Similar a la Humboldt, con un ecosistema propio en su interior.
Sima de la Lluvia 1,35 km (longitud de cueva) – Es una cueva horizontal, importante para entender la erosión en tepuyes.


Ecología: islas dentro de islas
Los denominados «parches de bosque» que se encuentran en el fondo de los abismos son verdaderas islas ecológicas dentro de una isla (el tepuy), constituyendo un refugio de biodiversidad. Las paredes verticales actúan como una barrera infranqueable que ha aislado a las especies del fondo durante milenios. Esto ha dado lugar a un fenómeno de especiación endémica; es decir, al desarrollo de especies únicas que no se hallan en ningún otro lugar del planeta y que, sin embargo, están allí, cohabitando en nuestro suelo.
Conservación: un santuario intocable
Su difícil acceso ha sido su mejor guardián. Hasta la fecha no hay carreteras que lleven hasta él; solo es posible acceder en helicóptero o mediante expediciones de varios días a través de la selva espesa de la Amazonia, una dificultad que lo ha mantenido prácticamente virgen. Ese mismo difícil acceso ha limitado los estudios, convirtiendo a Sarisariñama en una de las fronteras biológicas más importantes del planeta.


Inventario de biodiversidad: la herpetofauna
En el año 2002 se registró la última expedición liderada por los investigadores Barrio-Amorós y Brewer-Carías, en la que se realizó uno de los estudios más completos sobre la fauna de anfibios y reptiles (herpetofauna) de este maravilloso lugar.
Se contabilizó un total de 32 especies de anfibios y reptiles en diferentes puntos del macizo, desde las tierras bajas hasta la cima. Allí se logró la descripción formal de cinco nuevas especies para la ciencia, entre ellas: tres ranas —Hyalinobatrachium sp. (una rana de cristal), Anomaloglossus sp. y Pristimantis sarisarinama—; un gecko (un reptil): Gonatodes sp.; y una rana arbórea: una población de Hypsiboas benitezi que resultó ser una especie distinta y aún no nombrada en ese entonces.
En cuanto al endemismo y la ecología, se confirmó que la rana Stefania riae (la «rana stefania del Sarisariñama») es abundante dentro de los ambientes húmedos de la sima Humboldt —especialmente en paredes musgosas—, pero está ausente en el borde de la sima, lo que subraya su alta especialización al hábitat del interior del abismo. Además, se documentó la coexistencia en un mismo microhábitat de dos especies de lagartos acuáticos (Neusticurus racenisi y N. tatei), un fenómeno poco común.


En cuanto a la flora, los inventarios botánicos han revelado una composición florística única. En las paredes y los fondos abundan las orquídeas y las bromelias, así como árboles endémicos como Sloanea cavicola y Sloanea jauaensis, especies que han evolucionado para vivir en este singular hábitat.
Uno de los hallazgos más fascinantes en las cuevas profundas (como el sistema Brewer, en el macizo de Chimantá, con un proceso similar al de Sarisariñama) es el descubrimiento de estromatolitos de ópalo. Estas son estructuras biosedimentarias singulares formadas por cianobacterias que precipitan sílice amorfa en lugar de los carbonatos habituales, creando finas capas mineralizadas.
Otro de los descubrimientos son las rocas poco comunes. Estas formaciones no son meros espeleotemas (como estalactitas) de origen inorgánico, sino estructuras biogénicas creadas por comunidades de microbios —principalmente bacterias como Acidithiobacillus ferrooxidans y posiblemente cianobacterias— que precipitan activamente la sílice. Estas estructuras construyen sus «cuerpos» de roca de una manera que recuerda a las primeras formas de vida que dominaron la Tierra hace más de 3000 millones de años. Los científicos especulan que podrían representar una rama evolutiva alternativa, una vía de desarrollo de la vida basada en el silicio (cuarzo) en lugar del calcio, que nunca dio el salto a estructuras más complejas como los esqueletos.
Proceso de «fantasmización»
Investigaciones recientes del geólogo italiano Francesco Sauro han precisado el mecanismo de formación. No se trata solo de una disolución química simple, sino de un proceso llamado «fantasmización»: el agua filtra lentamente la roca, removiendo el silicio y dejando una estructura porosa y blanda («fantasma») que luego es erosionada mecánicamente. Este proceso es increíblemente lento: para que una cueva crezca un metro, se necesitan entre 100 000 y un millón de años. Esto sugiere que los sistemas de cuevas de Sarisariñama podrían tener hasta 100 millones de años, lo que las candidatea a ser de las más antiguas del mundo.


Un santuario protegido
En 1978 se creó el Parque Nacional Jaua-Sarisariñama para proteger este invaluable patrimonio natural y cultural. Conscientes de su fragilidad, las autoridades venezolanas han restringido severamente las visitas. Hoy en día, el acceso a la cima y a las simas está limitado casi exclusivamente a investigaciones científicas, con el fin de preservar sus delicados ecosistemas y permitir que la ciencia continúe develando sus secretos sin perturbarlos. El parque es también el hogar ancestral de los pueblos ye’kuana y sanema, cuyo conocimiento y respeto por la tierra son esenciales para su conservación.
Sarisariñama es mucho más que una montaña con agujeros gigantes, o un trabalenguas que divertía a una niña en viajes largos mirando por la ventana. Es un laboratorio natural viviente, una cápsula del tiempo geológica y biológica que nos permite asomarnos a procesos evolutivos y geológicos de escala planetaria. Es una montaña sagrada para nuestros hermanos ye’kuana y sanema, quienes explican su origen a los investigadores científicos que apenas comienzan a comprender su complejidad y su riqueza. Este mágico lugar, que como dicen sus cuidadores “solo puede ser descrito en los sueños”, nos recuerda que en nuestro mundo, aparentemente tan explorado, aún existen rincones donde lo extraordinario es la norma y donde la naturaleza guarda sus secretos más profundos, esperando ser escuchados con el mismo respeto que asombro. Como bien lo describen los exploradores, es un auténtico «mundo perdido» que debemos preservar para las futuras generaciones con sello venezolano.
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