
Si uno viaja al norte de Berlín, se topa en Schwedt con un paisaje de chimeneas y metal oxidado que parece anclado en los años sesenta. Fue allí donde la Alemania comunista y la antigua URSS sellaron su alianza energética, y lo asombroso es que esa herencia sigue alimentando hoy el depósito de los berlineses. Pese a que la retórica oficial habla de ruptura total con el Kremlin por la invasión de Ucrania, la realidad en la planta de PCK es distinta: la mayoría de la propiedad sigue en manos rusas, un vestigio soviético que Alemania aún no se ha atrevido a expropiar del todo.
De la operatividad de PCK Schwedt depende, literalmente, que Berlín no se detenga. La planta bombea el 90% de la gasolina y el queroseno que consume la capital y el estado de Brandeburgo; es el corazón energético que alimenta desde las calefacciones domésticas hasta los aviones del aeropuerto internacional. Como señala un análisis del Tiempos financieroscualquier parón en sus máquinas —por breve que sea— provocaría un estrangulamiento inmediato. No es solo una cuestión de cifras, sino una amenaza real para el día a día de millones de personas que el sector energético vigila con lupa.
Un refinería atrapada
La situación de PCK es el resultado directo de la invasión rusa de Ucrania en 2022. Tras el inicio de la guerra, Alemania decidió retirar a la petrolera estatal rusa Rosneft el control operativo de la refinería, colocándola bajo administración fiduciaria estatal. La medida fue adoptada al amparo del Energiesicherungsgesetz (Ley de Seguridad Energética) con el objetivo explícito de garantizar el suministro y evitar un colapso operativo de infraestructuras críticas, según explicó el propio Gobierno alemán.
La tutela afecta a las filiales Rosneft Deutschland y RN Refining & Marketing, a través de las cuales el grupo ruso controla participaciones en tres refinerías alemanas: PCK Schwedt, MiRo (Karlsruhe) y Bayernoil (Baviera). En conjunto, según datos de OSW, estos activos representan cerca del 12% de la capacidad total de refinación de Alemania, lo que convierte a Rosneft en uno de los principales actores del sector en el país. Sin embargo, Berlín evitó la expropiación de las acciones. Rosneft conserva el 54% de PCK, una decisión tomada por miedo a represalias del Kremlin contra empresas alemanas en Rusia y por el riesgo de litigios internacionales, según explican en Financial Times.
Desde entonces, el Ejecutivo alemán se ha visto obligado a renovar cada seis meses el régimen de tutela mediante votación parlamentaria. El Estado dirige la planta, pero no puede venderla libremente, ni invertir a gran escala en su modernización, ni ofrecer garantías jurídicas estables a bancos y proveedores, un limbo legal que analistas consideran insostenible a largo plazo.
Sin embargo, la fragilidad de este equilibrio quedó al descubierto en 2025, cuando Estados Unidos impuso nuevas sanciones a Rosneft como parte de su política de presión sobre Moscú. La medida, adoptada sin coordinación previa con Berlín, tuvo efectos inmediatos: bancos bloquearon pagos, proveedores suspendieron contratos y la refinería quedó al borde de la insolvencia, según reconstruyó Tiempos financieros. Para evitar un colapso del suministro en la capital alemana, Washington concedió una exención temporal de seis meses, que permite a PCK seguir operando hasta el 29 de abril de 2026. Al mismo tiempo, dejó claro que Alemania debía resolver de una vez el problema de la propiedad de los activos de Rosneft en su territorio.
Desde entonces, Berlín negocia contrarreloj con la administración estadounidense para lograr una nueva prórroga o diseñar un marco legal que evite futuras sanciones. Entre las opciones estudiadas figura la conversión de la actual tutela en un trust de derecho públicovinculado al régimen de sanciones de la Unión Europea. El objetivo es demostrar que Rosneft carece de control efectivo sobre la refinería sin recurrir a la expropiación formal.

Una pieza clave del sistema energético alemán
El caso de Schwedt no es anecdótico. Un cierre forzoso obligaría a transportar combustible a Berlín mediante miles de camiones diarios, procedentes de otras regiones de Alemania, un escenario que fuentes del sector describen como logísticamente caótico y económicamente inviable.
En una economía ya golpeada por los altos precios de la energía, la desaceleración industrial y los costes de la transición energética, el impacto sería inmediato. Además, PCK es el principal motor económico de Schwedt, una ciudad de unos 33.000 habitantes en el noreste del país. Emplea de forma directa e indirecta a miles de personas y es percibida por la población local como una cuestión de supervivencia. «Todos los autobuses, todos los coches de policía, todos los servicios de rescate funcionan con combustible de PCK», explicó a Tiempos financieros la alcaldesa socialdemócrata Annekathrin Hoppe.
Pero la pregunta que todos se estarán haciendo: ¿Cómo es posible que Alemania siga teniendo una refinería rusa? La respuesta está en la historia. PCK Schwedt se construyó en los años sesenta, cuando la entonces República Democrática Alemana estaba integrada en el bloque soviético. La refinería fue diseñada para procesar crudo ruso transportado a través del oleoducto Druzhba —»amistad», en ruso—, un conducto de más de 4.000 kilómetros concebido para sellar la interdependencia energética entre Moscú y Europa del Este durante la Guerra Fría.
Durante seis décadas, el sistema funcionó sin interrupciones. Incluso tras la reunificación alemana y la caída de la Unión Soviética, el flujo de crudo ruso continuó, reforzando una dependencia que hoy pesa como una herencia incómoda. A diferencia del gas —donde Alemania nacionalizó activos estratégicos como Gazprom Germania, hoy rebautizada como SEFE—, en el petróleo Berlín optó por no cruzar la línea de la expropiación.
Romper ese vínculo ha resultado más difícil de lo previsto. Aunque PCK ya no procesa petróleo ruso y se abastece principalmente de crudo kazajo y de suministros marítimos a través de Polonia y Alemania, la transición ha sido más cara y técnicamente compleja. Según explicó la cadena pública Tagesschau, el suministro alternativo depende en gran medida de los puertos de Rostock y Gdansk, y persisten dudas sobre si estas rutas permiten mantener una carga suficiente de la planta.
Las salidas posibles: venta, expropiación o parche permanente
Ante la expiración de la exención estadounidense, Alemania maneja tres escenarios principales.
El primero es que Rosneft venda voluntariamente su participación. En los últimos años ha habido conversaciones con la Autoridad de Inversiones de Catar, con KazMunayGas y con otros actores, pero todas han fracasado, principalmente por desacuerdos sobre el precio. En paralelo, Shell, que posee un 37,5% de PCK, ha reactivado su intento de vender su participación, según fuentes citadas por Reutersdespués de que un acuerdo previo quedara congelado tras el estallido de la guerra en Ucrania.
El segundo escenario es la expropiación, una opción legalmente viable desde 2022 por razones de seguridad energética. Sin embargo, conlleva riesgos significativos: litigios internacionales, disputas sobre la compensación financiera y posibles represalias rusas, incluida la interrupción del tránsito de crudo kazajo por el oleoducto Druzhba. Aun así, Tiempos financieros señala que el gobierno alemán ha reactivado discretamente los preparativos para esta opción como último recurso.
El tercer camino es prolongar el statu quo mediante un marco legal más sofisticado. Berlín apuesta por reforzar la tutela actual y seguir negociando prórrogas con Washington. El problema, señalan analistas y opositores, es que esta solución no permite inversiones estructurales ni aporta verdadera seguridad a largo plazo.
Mientras Berlín negocia con Washington y Moscú, Schwedt vive en la incertidumbre. Muchos residentes señalan en el medio británico que sienten «daños colaterales» de la geopolítica, una percepción que ha alimentado el apoyo a partidos extremistas y formaciones prorrusas en la región.
Al mismo tiempo, el gobierno intenta ofrecer una narrativa de futuro. En el recinto industrial de PCK se proyecta una gran inversión para producir queroseno sintético a partir de hidrógeno verde y CO₂, el proyecto Concrete Chemicals, respaldado con hasta 500 millones de euros en fondos públicos. La iniciativa forma parte de un “paquete de futuro” destinado a compensar el impacto de la salida del petróleo ruso y sostener el empleo industrial en la región, según medio nacionales.
Sin embargo, incluso este proyecto depende de una condición clave: seguridad jurídica sobre la refinería y sus terrenos, algo difícil de garantizar mientras Rosneft siga siendo el accionista mayoritario y las sanciones sigan pendiendo de una licencia temporal estadounidense.
Un símbolo de la contradicción europea
PCK Schwedt es mucho más que una refinería. Es el reflejo de una contradicción que atraviesa a Alemania y a buena parte de Europa: el deseo político de romper con Rusia frente a la realidad de infraestructuras, contratos y dependencias construidas durante décadas.
Mientras la Unión Europea se prepara para cortar definitivamente los vínculos energéticos con Moscú, Berlín sigue dependiendo de una instalación nacida de la amistad soviética. El calendario avanza y la fecha límite de abril de 2026 se acerca. Entonces, Alemania tendrá que decidir si mantiene el parche, fuerza una ruptura definitiva o acepta el coste —económico, político y social— de expropiar un pedazo incómodo de su pasado.
Por ahora, la refinería sigue funcionando. Pero su futuro, como el de la relación energética entre Alemania y Rusia, está lejos de resolverse.
Imagen | PCK
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