
Luego de las fraudulentas elecciones del 28 de julio de 2024, Nicolás Maduro anunció que profundizaría el “Estado Comunal” como modelo de participación popular. En sus palabras, era necesario “acelerar la construcción del poder popular” y “transferir más poderes a las comunas”. La promesa implícita: más comunas, más consultas y más participación deberían equivaler a más soluciones.
Esa promesa la pongo a prueba con datos de Mérida, un estado donde los servicios públicos (especialmente agua y electricidad) fallan todos los días. A mediados de 2024, los cortes de energía duraban casi cuatro horas al día, suficientes para arruinar a una familia entera.
En mayo de ese año, el profesor de la Universidad de los Andes, Israel José Ramírez, falleció en el edificio donde vivía con mi familia. Ese día también se fue la luz. El profesor estaba dentro de un ascensor que quedó atrapado entre el primer y segundo piso. Cuando forzó la cerradura mecánica de la puerta para intentar salir, se encontró ante un vacío: la cabina del ascensor no estaba al nivel del suelo. Intentó saltar pero no pudo alcanzarlo. Cayó al fondo del hueco del ascensor, de unos tres pisos de altura. Murió por el impacto.
La electricidad en esa parte de la ciudad normalmente tardaba entre cuatro y ocho horas en regresar. Ese día sólo tomó media hora. La desesperación por un apagón prolongado llevó al profesor Ramírez a abrir las puertas del ascensor, y allí terminó su vida. Esta tragedia fue una motivación parcial para realizar esta investigación.
Entre agosto y julio de 2025 realicé una pasantía en el Instituto Nacional de Estadística. Allí pude revisar los registros de 198 proyectos de las Agendas de Acción Concretas (ACA) en 64 comunas del estado Mérida. Las ACA son el mecanismo central del Estado Comunal chavista para la planificación participativa: consultas en las que las comunas identifican sus problemas prioritarios (llamados “nodos críticos”) y votan los proyectos que quieren que el Estado implemente. Estas 64 comunas representaron el 82% de las 78 registradas en el estado. Los 14 restantes fueron excluidos del análisis porque los funcionarios responsables de transcribir las evaluaciones comunitarias en las bases de datos cometieron tantos errores que la información quedó inutilizable.
Los municipios comprenden el funcionamiento del Estado mejor que muchos funcionarios públicos.
Los informes oficiales decían: “Proyecto en curso” o “Proyecto completado”. Pero algo no cuadraba. Las comunidades locales siguieron votando sobre los mismos problemas de servicio año tras año. Alguien estaba mintiendo.
Necesitaba separar la propaganda de la realidad. Hice algo simple: tomé cada problema sobre el que votó una comuna en 2022 y lo seguí durante cuatro años. Si dejara de aparecer en consultas posteriores, el gobierno podría afirmar que ya estaba resuelto. Si seguía apareciendo año tras año, significaba que la gente llevaba cuatro años gritando lo mismo. Y si desapareció sin explicación (ni resuelto ni vuelto a votar), nadie supo qué había pasado. El Estado simplemente lo ignoró.
Usando este detector, audité 198 proyectos. Los resultados se resumen en los siguientes gráficos:


Estos gráficos revelan tres dimensiones del fracaso.
En primer lugar, quién decide: de los 198 proyectos, el 51.5% (102) fueron asignados a los ministerios y al Gobierno nacional para su implementación, mientras que otro 25.8% (51) recayó en la gubernatura de Mérida. Las comunas diagnostican las necesidades, pero Caracas decide si abre o cierra el grifo de los recursos. Sólo el 19,2% (38 proyectos) permanecieron bajo control municipal o comunal.
En segundo lugar, lo que les pasó: casi la mitad de los proyectos ni siquiera fueron considerados. Sólo una cuarta parte (50 proyectos, 25,3%) se completaron después de años de consultas. El Estado recibió el diagnóstico, supo exactamente lo que necesitaba la gente y decidió no hacer nada. En tercer lugar, la participación no fue el problema: el 76,8% de las comunas (152 proyectos) participaron en las cuatro consultas nacionales, desde la primera en 2022 hasta la última en 2025. La base central de votantes chavistas se movilizó, llenó formularios y votó. El sistema no falló por falta de participación. El problema no es que las comunidades no sepan organizarse. El problema es que cuando se organizan, el sistema los ignora.
Ahora bien, ¿qué problemas están identificando las comunas? Estos se resumen en el siguiente cuadro:

La revelación de este gráfico es demoledora: dos de cada tres comunas de Mérida (43 de 64, o 67%) identificaron el agua como su problema prioritario. No se trata de un problema aislado que afecta sólo a uno o dos municipios. Es una crisis sistémica que afecta a todo el estado. Cuatro problemas (agua, vías, vivienda y electricidad) representan el 60% de todas las solicitudes de proyectos en Mérida.
Ahora bien, podemos ver cómo se distribuyen los proyectos de ACA en Mérida en el siguiente cuadro:

De los 198 proyectos analizados, 54 están relacionados con el agua. Más de una cuarta parte (27%) de todos los proyectos. Las primeras cuatro categorías (agua, carreteras, vivienda y electricidad) representan el 62,63% de todos los proyectos. El principio de Pareto aplicado a la pobreza: el 20% de las causas explican el 80% de los problemas. ¿Y cuántos de esos 54 proyectos hídricos se implementaron realmente?
Detrás de estas cifras, por supuesto, hay familias reales. Tomemos el ejemplo de la comuna de Doña Simona en Lagunillas, Mérida, que tiene un grave problema de agua potable. En 2022 votaron a favor del agua en el primer referéndum. En 2023, volvieron a votar por el agua. En 2024, lo mismo. Y en 2025, cuatro años después, todavía votaban por el agua. Cuatro referendos. El mismo problema. ¿Por qué? En conversación con el INE de Mérida, donde hice una pasantía de verano, me revelaron la cifra que lo explica todo: $10,000. Ese es el presupuesto por proyecto. Siempre. No importa si la comunidad pide un acueducto o pintura para una escuela.
Con 10.000 dólares no se puede construir un acueducto. Apenas alcanza para 200 metros de tubería. No se puede dragar un río. No se puede pavimentar un camino. No se puede solucionar una crisis del agua que afecta a 43 de los 64 municipios del estado. Las comunas aprendieron esta lección. Si necesitas agua pero cuesta 50.000 dólares, es mejor que pidas pintura. Al menos eso es algo que darán luz verde.
Cuatro años votando por el agua. Y al final, pintura para las paredes de una escuela pública en ruinas.
Entonces, ¿qué pasó en Doña Simona? En la tercera y cuarta consulta, la comunidad cambió su voto. Ya no pedían el acueducto que necesitaban. Votaron por algo “realista”: participar en los Bricomiles, el programa donde los soldados pintan fachadas de escuelas y reparan techos de campos deportivos. No es que los habitantes de Doña Simona desconozcan lo que pasa en su comunidad, sino que han aprendido a jugar con el sistema: el Estado sólo financia proyectos que cuestan menos de $10.000. La “participación ciudadana” se reveló entonces no como un empoderamiento, sino como un ejercicio para ajustar las necesidades reales al presupuesto ridículamente pequeño que el gobierno está dispuesto a proporcionar. Cuatro años votando por el agua. Y al final, pintura para las paredes de una escuela pública en ruinas.
Sin embargo, una cosa es segura: las comunas de Mérida siempre tienen razón. Cuando el problema es la electricidad, se la asignan a Corpoelec. Cuando sea agua, a Aguas de Mérida. Cuando sea vivienda, al Ministerio de Vivienda. Revisé 198 proyectos y no encontré ni una sola excepción. Los municipios comprenden el funcionamiento del Estado mejor que muchos funcionarios públicos.
Esta precisión se mantuvo constante en las 64 comunas, en las cuatro consultas y en los 198 proyectos. Entonces pensé: si el diagnóstico es tan preciso, si los municipios están haciendo su trabajo, el sistema debería estar dando resultados. Agua que fluye a través de tuberías. Calles pavimentadas. Electricidad estable. Medí la relación entre la calidad del diagnóstico y la resolución efectiva de problemas. Este gráfico muestra la principal conclusión de esta investigación, a la que llamo la Gran Desconexión.

Las células de color azul oscuro confirman lo que ya vimos: los municipios diagnostican con precisión quirúrgica. El sistema funciona como un reloj en la fase de diagnóstico. Entonces hice la pregunta obvia: si las comunidades diagnostican perfectamente, ¿el Estado da soluciones?
La respuesta fue una vez más devastadora. No hay correlación. Ninguno. Las celdas grises lo dicen todo: una comuna que identifica correctamente su problema no predice absolutamente nada sobre si ese problema se resolverá. No importa ni la exactitud del diagnóstico, ni la urgencia del problema, ni cuántas veces la gente ha votado por lo mismo. Nada de eso importa.
Los factores que determinan si un proyecto se implementa operan completamente fuera del sistema formal de la Junta de Acción Comunal (CAB). Son externos, opacos, probablemente relacionados con una voluntad política circunstancial, presupuestos erráticos o la constante rotación de funcionarios.
Esta es la Gran Desconexión: un sistema que diagnostica con precisión quirúrgica y no hace nada.
Mis datos muestran lo que eso significa: más gente gritando en habitaciones vacías. Las comunas son sólo una excusa autoritaria para sobrerrepresentar su poder político.
El éxito o el fracaso de un proyecto no depende de si la comuna identificó su necesidad, si la institución responsable fue seleccionada correctamente, qué tan urgente es el problema o cuántas veces la gente votó por lo mismo. Lo que determina si un proyecto se implementa opera completamente fuera del sistema formal CAB. Se trata de factores externos y opacos, probablemente relacionados con la voluntad política de corto plazo, presupuestos erráticos o la constante rotación de funcionarios. Las comunidades hacen su parte. El Estado venezolano no.
El problema del Estado Comunal en Mérida no es de escala, es estructural. No faltan comunas: 64 ya están funcionando. La participación no falta: el 76,8% de los municipios participaron en las cuatro consultas. El sistema funciona exactamente como fue diseñado, movilizando a la base chavista para diagnosticar problemas, haciéndoles creer que están participando y luego ignorando sistemáticamente sus demandas. No es un fracaso. Es el diseño.
Mis datos muestran lo que eso significa: más gente gritando en habitaciones vacías. Las comunas son sólo una excusa autoritaria para sobrerrepresentar su poder político. La realidad es que la esposa del profesor Israel Ramírez lo encontró muerto en el hueco del ascensor porque ese día no había electricidad en el edificio. En algunos barrios de Mérida, la gente probablemente votó por la electricidad en 2022, 2023, 2024 y 2025. Y en 2026, si esta política continúa, seguirán votando por ella.
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