

Una sola especie —el ser humano— es responsable de un cambio climático que se está dando a una velocidad nunca vista en millones de años en el planeta. La causa son los gases de efecto invernadero, vinculados principalmente a los combustibles fósiles a los que sigue enganchada la humanidad, que se acumulan en la atmósfera y retienen el calor. El principal de ellos es el dióxido de carbono (CO₂) y su presencia en el aire se mide en partes por millón (ppm). Cuando Emilio Cuevas Agulló nació en Santa Cruz de Tenerife en 1961, esa concentración rondaba las 318 ppm. 65 años después, está ya en 430 ppm, un aumento del 35% en el lapso de una sola vida.
El científico Cuevas falleció anoche debido a una neumonía. Formaba parte de esa misma especie responsable del problema, pero del subgrupo que dedicó buena parte de su vida a alertar de lo que estaba ocurriendo y a ponerle nombre y apellidos a las soluciones, que pasan por reducir las emisiones que están detrás de esa crisis climática. Porque durante años fue el director del Centro de Investigación Atmosférica de Izaña, dependiente de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet).
Esta centenaria estación meteorológica es una de las que emplea la Organización Meteorológica Mundial (OMM) para monitorizar la presencia de los gases de efecto invernadero en la atmósfera, que están en niveles nunca vistos en cientos de miles de años debido a la quema desaforada de los combustibles fósiles. Esas mediciones sirven a su vez para trazar las trayectorias y políticas necesarias para intentar que el calentamiento se quede en los niveles lo menos catastróficos posibles. “Izaña no hubiera podido ser lo que es hoy sin ti”, como bien recordaba este viernes la exministra española de Transición Ecológica y actual comisaria europea de Competencia, Teresa Ribera.
Cuevas, jubilado desde 2023, tuvo que bregar en los últimos ocho años con una dolencia neurodegenerativa. Como recuerda su esposa, la vulcanóloga María José Blanco Sánchez, esa enfermedad se llamaba Atrofia Multisistémica Parkinsoniana. Ponerle nombre y apellidos es darle visibilidad a esta enfermedad, “como Emilio quería”, cuenta Blanco.
“Me fastidia tener que anunciar otro récord; es desagradable tener que dar malas noticias, pero las tengo que dar. La ciudadanía se merece que la informemos de este crecimiento incesante”, decía en una entrevista con este periódico allá por 2018, tras una nueva advertencia de la OMM sobre el incremento de la acumulación de estos gases. Y desde entonces esas concentraciones no han parado de crecer, incluso a un ritmo todavía mayor.
Tras estudiar Física Atmosférica en la Universidad Complutense de Madrid regresó a Canarias a comienzos de los años noventa del siglo pasado. Y recaló en el observatorio de la montaña de Izaña, a los pies del Teide. De la mano de Cuevas y de sus compañeros, esta estación entró a formar parte del programa de Vigilancia Atmosférica Global de la OMM, pieza fundamental en la lucha contra el calentamiento global.
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