Dos episodios extremos de lluvia separados por poco más de un año —la dana de finales de 2024 que golpeó especialmente a la Comunidad Valenciana y el tren de borrascas encadenadas que ha afectado a gran parte de la península Ibérica en el arranque de 2026— han pulverizado un sinfín de récords de precipitaciones acumuladas en España. Se han batido tanto las marcas de lluvias en el corto plazo —en una hora, en dos, tres…— como a más largo —una semana, un mes, dos meses…—, según los datos recabados por Peio Oria, meteorólogo superior del Estado, a partir de registros de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet).
Este experto ha recopilado los registros históricos de las precipitaciones máximas acumuladas en las estaciones de Aemet, en periodos de tiempo que van desde los 10 minutos hasta los cuatro meses. Se ha centrado en 40 de estos intervalos; y en 25 los récords se rompieron en la dana de octubre de 2024 o en el último extraordinario episodio de borrascas solapadas en España. Ambos fenómenos “han pulverizado los registros existentes hasta la fecha”, recalca Oria en el artículo en el que ha resumido los resultados de su estudio, publicado en la página web de Aemet.

Dos estaciones meteorológicas son las protagonistas de esta historia. La del municipio valenciano de Turis (7.717 habitantes) y la de la localidad gaditana de Grazalema (1.987).
En el primero de los casos, la torrencial lluvia del 29 de octubre de 2024, que acabó con la vida de 229 personas y está en el origen de una causa judicial por la gestión de esta emergencia por parte de la Generalitat, hizo que se batieran varias marcas en esa estación de Turis. En concreto, nunca antes desde que Aemet tiene registros (algunas estaciones llevan recabando datos desde finales del XIX) se había recogido tanta agua en periodos de 1, 2, 3, 4, 5, 6, 9, 12 y 18 horas. Esa gota fría se convirtió así en uno de los episodios de lluvias más torrenciales en España.
En el caso de Grazalema, aunque también se registraron aguaceros puntuales de intensidad, los récords que se han batido en el arranque de este 2026 son para periodos más largos. Para seis días, dos semanas o dos, tres y cuatro meses. Eso encaja bien con la naturaleza de lo vivido en buena parte de España entre enero y febrero: una sucesión de borrascas de alta intensidad procedentes del Atlántico que casi se solapaban y fueron descargando, especialmente persistentes en la Sierra de Grazalema, agua de forma sostenida.
Oria recuerda en su artículo que las marcas que ha recopilado “respaldan la idea de que los extremos de precipitación —en intensidad y frecuencia— están aumentando bajo el cambio climático», entre otras cuestiones, por el “aumento de humedad en la atmósfera a medida que ésta se calienta”. “Más humedad disponible conlleva un mayor potencial de precipitación intensa”, apunta el meteorólogo.
Esa es la teoría general, que se ha expuesto ya en muchas investigaciones científicas recogidas también por el IPCC, el panel de expertos vinculado a la ONU que sienta las bases del conocimiento sobre el cambio climático. Pero luego también existen investigaciones que vinculan episodios concretos al calentamiento global. Así ocurre, por ejemplo, con la dana de octubre de 2024: varios estudios han cuantificado la influencia del cambio climático en aquel evento, el último de ellos publicado hace unos días en Comunicaciones de la naturaleza.
David García-García, investigador del Departamento de Matemáticas Aplicadas e Ingeniería Espacial de la Universidad de Alicante, apunta a un cambio en el patrón de las precipitaciones en el que los periodos de sequía más duros se combinan con lluvias más intensas. “Ambas cosas pueden ocurrir. Puede haber menos cantidad de lluvia, pero concentrada en menos tiempo”, explica. A eso es, precisamente, a lo que apuntan las proyecciones sobre cómo afectará a España el cambio climático.
Este investigador ha participado en un estudio internacional, vinculado al grupo World Weather Attribution, que ha tratado de rastrear la huella del cambio climático en las borrascas encadenadas que han afectado a España, Portugal y el norte de Marruecos en enero y febrero. Lo que trataban de entender es “cómo están cambiando estos eventos tan peligrosos a medida que el mundo se calienta”, explica Clair Barnes, investigadora del Centro de Política Ambiental del Imperial College de Londres.
Los resultados de su estudio rápido de atribución —que no está aún revisado por pares ni se publica en ninguna revista científica— apuntan a que los datos “muestran un claro aumento en la intensidad de los eventos de lluvia más extremos” en los periodos de 24 horas, que son en los que se han centrado. En concreto, para la región sur de la Península sostienen que son un 36% más intensas; para la región noroeste, un 29%. Los autores, al combinar los datos de observaciones con los modelos climáticos, apuntan a que la intensidad de las precipitaciones ha aumentado un 11% debido al cambio climático en la zona norte estudiada. En la sur, añaden, las señales no son tan claras.
“Es muy importante aclarar que esto no significa que el cambio climático no haya contribuido también a las precipitaciones extremas en la región sur, sino que es difícil detectar tendencias generales a lo largo del tiempo”, añade Barnes. Por eso se necesitan investigaciones más reposadas para elaborar estudios de atribución más complejos que permitan analizar en profundidad la borrasca infinita que en el arranque de este año ha descargado sobre la Península.
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