
Doña Elena busca una vena en el brazo de su nieto bajo la luz mortecina de un celular en el Hospital Universitario de Caracas. No hay enfermeras suficientes. El eco de los pasillos vacíos en la zona de la Universidad Central acentúa el frío de una emergencia que ya no emerge, sino que se hunde.
El sonido de los equipos de ventilación mecánica, otrora rítmico, ha sido desplazado por el silencio de las salas inoperantes. Esta escena es el rostro humano de lo que la revista la lanceta -referencia global en medicina desde hace dos siglos- describe como un “choque profundo para un sistema de salud que ya estaba en colapso”.
El panorama se torna más turbio en este 2026 de “tensa calma”. Tras los eventos de enero y la declaración del Estado de Conmoción Exterior, la salud ha dejado de ser una prioridad técnica para convertirse en un rehén del pragmatismo político. Mientras Washington evalúa su papel tras los eventos de enero, un equipo de investigación de élite -integrado por Sammer Marzouka (Northwestern), Alaha Nasari (Harvard), Antonio Trujillo y Paul B. Spiegel (Johns Hopkins), junto con un investigador anónimo que aún opera en Venezuela- ha puesto cifras al desastre.
El nudo gordiano de la inversión
El diagnóstico de este grupo académico es lapidario. Señala que, aunque Venezuela tuvo aspiraciones de cobertura universal, las bases nunca fueron sólidas. “Los cimientos del sistema nunca se consolidaron totalmente”, afirman los autores, señalando que la combinación de “falta de financiamiento crónico, inestabilidad política y mala gestión económica” lo dejó apenas operativo.
La caída es matemática. El gasto público en salud se desplomó hasta situarse en un famélico 1,7% del producto interno bruto (PIB) para 2018. Esta cifra palidece frente al promedio latinoamericano de 4% y está a años luz de 6% recomendado por la OPS. Como consecuencia, los autores subrayan que “para marzo de 2020, más de la mitad de las camas de los hospitales públicos ya eran inoperables”.
La carcasa contra el desencanto
El programa Barrio Adentro es hoy una carcasa. Los expertos reconocen que inicialmente “expandió el acceso a la atención primaria”, pero la falta de sostenibilidad lo hirió de muerte.
En este escenario de transición, los investigadores plantean una interrogante que retumba en los pasillos: “¿Esta supuesta estabilización ayudará a restaurar los servicios esenciales o profundizará la interrupción y afectará a las poblaciones más vulnerables?”. Mientras se habla de acuerdos energéticos, el paciente sigue esperando por un antibiótico básico.
El silencio de los taladros y el retorno del pasado
El estudio alerta sobre un “retroceso de décadas en los logros de salud pública”. La malaria devora el territorio con casi un millón de casos anuales. El resurgimiento del sarampión y la difteria son síntomas de un organismo estatal con fragilidad estructural.
“La fuerza se encuentra con la fragilidad”, según la revista. No es solo falta de insumos, sino también la evaporación del talento humano.
El panel de las heridas abiertas
El equipo liderado por Marzouka y Spiegel identifica cuatro desafíos críticos:
● Inseguridad alimentaria: debilita el sistema inmunológico, especialmente en la infancia.
● Colapso de servicios: la falta de agua y luz impide la higiene mínima en quirófanos.
● Éxodo profesional: servicios enteros como oncología funcionan a un tercio de su capacidad.
● Desabastecimiento de vacunas: ha permitido el regreso de enfermedades que se creían extintas.
El futuro de la salud nacional no se decidirá en mesas políticas, sino en la reconstrucción de la confianza técnica. Mientras tanto, en Caracas, las madres siguen llevando sus propios kits de cirugía.
La esperanza, al igual que los insumos, es hoy un bien de lujo que se consigue con cuentagotas en una transición que aún no termina de sanar.

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