
La liberación de Rafael Tudares, yerno del presidente electo Edmundo González Urrutia, no debe leerse como un acto de buena voluntad ni como evidencia de normalización política. Nos dice algo más. Nos dice que el régimen venezolano está operando bajo limitaciones que ya no controla plenamente.
Los prisioneros políticos nunca estuvieron escondidos y nunca guardaron silencio. Todos sabían que existían y todos sabían para qué servían. Durante años, generaron exactamente lo que el régimen quería, infundieron miedo y disuadieron a la gente de poner a prueba los límites. Esa lógica se mantuvo, especialmente después de la represión astronómica que siguió al 28 de julio, cuando el gobierno se propuso demostrar que incluso el más mínimo acto de disidencia, como imprimir camisetas, organizar vigilias o hablar demasiado alto, sería castigado.
Lo que ha cambiado no es la visibilidad de la represión, sino su eficacia. Durante gran parte de la última década, el encarcelamiento político funcionó como una especie de moneda. Los detenidos eran moneda de cambio, recordatorios de que el Estado no respondía ante nadie, señales de que las consecuencias eran definitivas. Ese sistema dependía de un circuito de autoridad relativamente cerrado. Las decisiones se tomaban internamente, se aplicaban verticalmente y rara vez se explicaban. Mientras se mantuvo ese circuito, la represión funcionó no porque fuera sutil, sino porque fue definitiva. La detención significaba desaparición, la incertidumbre se prolongaba durante meses o años. La desaparición de Tudares, que duró un año, es un buen ejemplo. Produjo exactamente la reacción que esperaba el régimen: un nuevo cálculo amplio del riesgo, menos protestas y más precaución.
Tras la destitución de Maduro, ese circuito no desapareció, sino que se debilitó. El régimen no dejó de reprimir. Todavía, todavía intimida, todavía castiga, más de 700 presos políticos siguen detenidos injustamente. Pero ya no lo hace desde una posición de control indiscutible. Ya no actúa como si respondiera sólo a sí mismo. Cada vez más, tiene que responder hacia afuera y hacia arriba.
Aquí es donde Donald Trump entra en escena. Independientemente de lo que uno piense sobre el acuerdo que está tomando forma, Caracas ya no gobierna aisladamente. Los propios aliados de Trump, muchos de ellos ya incómodos por dejar a figuras como Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello en posiciones de poder, se han sentido cada vez más incómodos con un proceso lento y opaco en el que cientos de presos políticos permanecen tras las rejas. En ese contexto, una detención prolongada ya no es señal de fuerza. Empieza a parecer un desafío sin cobertura. La Casa Blanca en algún momento se preguntará ¿cuándo los presos políticos de Venezuela empiezan a parecerse a los presos políticos de Trump?
Ese cambio también importa en casa. El miedo no ha desaparecido, pero ya no lo domina todo. Los estudiantes han vuelto a las calles, las figuras políticas están resurgiendo de sus escondites. Incluso los llamados colaboradores Parece que estamos reevaluando cuánto vale el silencio. La cuestión ya no es si la represión es real, sino si sigue siendo decisiva.
La liberación de Tudares no fue la ejecución de un plan por parte del régimen. Fue una reacción, en un contexto en el que el régimen parece haber perdido cierto control sobre el momento político. Más revelador aún es que fue una reacción a través de intermediarios, no de instituciones.
La velocidad y la forma en que Tudares liberó esto hace que sea difícil pasarlo por alto. Lo que siguió al aumento del escrutinio público en torno a figuras como el ex presidente de Fedecámaras, Ricardo Cusanno, y el arzobispo de Caracas, Raúl Biord, no fue una negociación prolongada ni un anuncio cuidadosamente gestionado. Fue rápido, ocurrió en cuestión de horas, en medio de la noche y fuera de las instituciones formales, y quizás, lo más sorprendente, se produjo sin explicación. Esa secuencia importa. Sugiere que el sistema no necesitaba tiempo para pensar. Necesitaba una válvula de liberación. Esa reacción se desencadenó cuando Mariana González de Tudares publicó una explosiva declaración señalando a varios actores presuntamente involucrados en la liberación de detenidos políticos tras la represión postelectoral de 2024.
Las decisiones de medianoche, los traspasos diplomáticos y las liberaciones llevadas a cabo en silencio y fuera del escenario rara vez son signos de confianza. Se trata de contención. Este no era el régimen ejecutando un plan. Fue una reacción, en un contexto en el que el régimen parece haber perdido cierto control sobre el momento político. Más revelador aún es que fue una reacción a través de intermediarios, no de instituciones. Tudares no fue liberado públicamente de un centro de detención. Ningún alto funcionario estaba a su lado. Nadie quería apropiarse de la decisión.
Eso no significa que el régimen se fragmentara repentinamente, como siempre estuvo disperso. Diferentes organismos de seguridad y actores políticos han controlado durante mucho tiempo a diferentes grupos de prisioneros. Esa dispersión es una de las razones por las que históricamente las liberaciones han sido lentas y desiguales, con los detenidos individuales vinculados efectivamente a figuras específicas. Lo que hace que este episodio sea diferente es que alguien cedió rápidamente y lo hizo sin querer que lo vieran hacerlo.
Esta no fue una afirmación de autoridad, la decisión fue rápida y la ejecución evasiva. Se parece más a un control de daños. Una concesión hecha en silencio, diseñada para minimizar la visibilidad y evitar sentar un precedente a la luz del día. La liberación de Rafael Tudares se parece menos a soberanía y más a contención, una medida tomada no porque se ajuste a una estrategia, sino porque la demora se había vuelto más riesgosa que la acción.
Los puntos más débiles del régimen no están en su núcleo, sino en sus márgenes, entre los intermediarios que deben explicar, gestionar y desviar en su nombre.
Lo que esto revela no es confusión sobre quién tiene el poder, sino claridad sobre dónde funciona la presión. El régimen no necesitaba un acuerdo de principios. Se necesitaba a alguien que absorbiera el costo, rápidamente y sin fanfarrias. Ése es el comportamiento de un sistema que comprende su propia exposición y gobierna menos mediante demostraciones de fuerza y más mediante retiradas tácticas.
Para la oposición, esto es importante. Muestra que el régimen está más expuesto a la presión pública que en años, no porque haya perdido la capacidad de reprimir, sino porque ha perdido su monopolio sobre el momento, la narrativa y la rendición de cuentas. Como se explora en “María Corina versus la Realpolitik de Trump y Delcy”, Machado está operando en un panorama político más estrecho y frágil. El episodio de Tudares sugiere que este paisaje no absorbe bien la presión. Cuando el escrutinio se vuelve público, específico y reputacional, los resultados pueden forzarse rápida y torpemente.
Los presos políticos se han convertido en una carga no porque sean invisibles, sino porque son cuestionados. Ya no funcionan como una amenaza unidireccional. Se encuentran en la intersección de la movilización interna, la presión internacional y el riesgo reputacional. El régimen todavía reprime. Lo que ya no controla plenamente son las consecuencias.
Esto no significa que el colapso sea inminente, sino que señala algo más práctico. Los puntos más débiles del régimen no están en su núcleo, sino en sus márgenes, entre los intermediarios que deben explicar, gestionar y desviar en su nombre. Cuando esos actores quedan expuestos, cuando la demora se vuelve más costosa que la acción, los resultados pueden llegar rápidamente. La liberación de Rafael Tudares no debe confundirse con un cierre. Muestra que el equilibrio basado en el miedo que sostuvo el sistema durante años se está desgastando y que la presión pública, cuando se dirige correctamente, ahora se mueve más rápido que la autoridad. Eso no es una victoria, pero es un conocimiento útil.
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