Aprendizaje del régimen: ¿Quién puede permitirse el lujo de fracasar en Venezuela?

Aprendizaje del régimen: ¿Quién puede permitirse el lujo de fracasar en Venezuela?

Durante gran parte de la última década, el chavismo ha sido descrito como un régimen que sobrevive por inercia o como un sistema permanentemente al borde del colapso. Ambas lecturas suponen un nivel de rigidez que ya no se ajusta a la evidencia. Lo que Venezuela vive hoy no es caos ni gran diseño, sino algo más flexible y más peligroso: un sistema autoritario que ha aprendido a improvisar.

Esta distinción importa. El aprendizaje del régimen no significa el fin de la improvisación. Al contrario, significa saber cuándo improvisar, cuándo retirarse y cuándo fingir que siempre hubo un plan. En Venezuela, la ventaja del régimen nunca ha sido la sofisticación estratégica, sino la resiliencia adaptativa.

Todo actor político eficaz que opere bajo presión existencial debe poder resolver problemas sobre la marcha. El régimen venezolano lo ha hecho repetidamente. Frente a protestas masivas, shocks electorales, sanciones internacionales o aislamiento diplomático, ha demostrado una capacidad constante para reagruparse, recalibrarse y volver a entrar en el campo. Esta capacidad de improvisación no es casual. Está permitido por ventajas estructurales que la oposición no posee: control sobre el territorio, armas, instituciones y el aparato coercitivo del Estado. Quizás lo más importante sea lo que compran estos activos: tiempo. Como ocurre con casi todo lo demás en Venezuela, el tiempo no es democrático.

Por supuesto, el régimen preferiría una victoria decisiva. Pero en los últimos años no ha sido necesaria ni una victoria decisiva ni un cierre ideológico. Para el chavismo, la retirada táctica no implica una derrota estratégica. Sólo necesita sobrevivir al próximo shock. Un paso en falso se puede absorber, reformular o deshacer silenciosamente. La improvisación funciona mejor cuando el fracaso no amenaza la supervivencia. Rara vez ocurre lo mismo con la oposición, donde el fracaso a menudo acarrea consecuencias casi fatales.

Los movimientos de oposición, por el contrario, han tendido a pensar sistemáticamente. Se basan en hojas de ruta, cronogramas y narrativas que tienen sentido no sólo a nivel nacional sino también internacional. Esto ha traído beneficios reales: legitimidad, reconocimiento y apoyo externo sostenido. Pero también ha impuesto limitaciones. Los lemas se convierten en compromisos, los compromisos en expectativas y las expectativas reducen el margen de maniobra. La Salidala Asamblea Nacional de 2015, “cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres”, y más recientemente hasta el final no eran meros recursos retóricos. Eran marcos que estructuraban el comportamiento y elevaban el costo de la desviación. Las esquinas son útiles a la defensiva. Son mucho menos indulgentes cuando te pintas como uno y necesitas moverte.

Las estrategias de la oposición pasan de la ambigüedad a apuestas de alto riesgo, cambios que no se toman porque las probabilidades sean favorables sino porque lo que está en juego es existencial (…) La oposición a menudo juega en condiciones de muerte súbita.

Los recientes líderes de la oposición han mostrado una mayor conciencia de estas trampas. María Corina Machado, en particular, hasta ahora ha navegado por el terreno con más sofisticación que sus predecesoras. La ambigüedad estratégica ha funcionado como una forma de preservar la opcionalidad en un entorno que castiga la claridad prematura. En este contexto, la ambigüedad no es indecisión sino un seguro. Sin embargo, las primas de seguros aumentan con el tiempo. La ambigüedad estratégica funciona mejor cuando ningún actor controla el reloj, que en Venezuela pertenece enteramente al régimen. Los aliados externos, los partidarios internos y los rivales internos eventualmente exigen una definición. Lo que comienza como flexibilidad corre el riesgo de convertirse en vacilación o, peor aún, en costo de oportunidad acumulado.

He sostenido antes que la ambigüedad estratégica puede crear oportunidades inesperadas para la oposición. Lo que importa ahora es cómo ha aprendido el régimen a anticipar y reducir esas oportunidades.

En ciertos momentos, como en el que ahora está entrando Venezuela, la opcionalidad se derrumba. El retraso se vuelve indistinguible de la derrota. Las estrategias de la oposición pasan de la ambigüedad a apuestas de alto riesgo, cambios que no se toman porque las probabilidades sean favorables sino porque lo que está en juego es existencial. Estos momentos exponen la asimetría central: el régimen puede perder una ronda y permanecer en el juego. La oposición suele jugar en condiciones de muerte súbita. La improvisación en esas circunstancias parece menos adaptabilidad que desesperación, y los votantes venezolanos tienden a castigar la desesperación. Esto significa que los actores de la oposición aprenden bajo limitaciones más duras.

Si bien los debates de la oposición se desarrollan públicamente, el régimen se ha ido adaptando de manera más silenciosa. Con Delcy Rodríguez se ha reclasificado la relación con Estados Unidos. Washington ya no necesita funcionar exclusivamente como un enemigo existencial en un guión revolucionario. En cambio, puede servir como contraparte transaccional, comprometida o antagonizada según lo requieran las condiciones.

Este cambio ha ido acompañado de un rápido cambio en la estética política. Altos cargos del régimen han regresado a X. Diosdado Cabello aparece de traje estrechando la mano de diplomáticos europeos antes de justificar los pasos que el régimen ha ido tomando en sus acercamientos hacia Estados Unidos. El exceso revolucionario ha dado paso a la normalidad burocrática. Realizar la confrontación se ha vuelto menos útil que realizar la administración.

Incluso los símbolos tienen ciclos de vida. El régimen seguirá invocando el “cautiverio” de Maduro y lamentará a quienes cayeron defendiéndolo. Pero la narrativa de Nicolás Maduro como un presidente secuestrado o perseguido en espera de redención continúa desvaneciéndose, no porque haya sido refutada, sino porque dejó de ser útil. Como entendió Orwell, en los sistemas autoritarios los líderes siempre pueden ser reutilizados.

El régimen absorbe el fracaso sin descartar la experiencia. La oposición, por el contrario, se renueva mediante la ruptura.

Las recientes medidas económicas y sociales siguen la misma lógica. Los ajustes de políticas indican pragmatismo y estabilidad a los actores externos, al tiempo que dejan intacto el equilibrio interno de poder. La liberalización es selectiva. La represión queda en segundo plano, no eliminada. El arma cargada permanece sobre la mesa, convenientemente cubierta.

La asimetría moral en Venezuela es absoluta. Un régimen autoritario que encarcela, tortura y mata no puede compararse significativamente con una oposición democrática que lucha, a menudo heroicamente, en condiciones diseñadas para quebrarlo.

Sin embargo, la política no se decide únicamente por la posición moral. Lo que ha permitido al chavismo sobrevivir a repetidas crisis no es la coherencia ideológica sino el aprendizaje organizacional. El régimen absorbe el fracaso sin descartar la experiencia. La oposición, por el contrario, se renueva mediante la ruptura. Los líderes son consumidos por la decepción y reemplazados, llevándose consigo cualquier memoria institucional que hayan acumulado. Cada ciclo deja el movimiento más limpio en principio, pero más pobre en capacidad de adaptación.

El aprendizaje del régimen en Venezuela no se trata de brillantez. Se trata de supervivencia. El régimen puede darse el lujo de improvisar porque el tiempo juega a su favor, porque el fracaso es absorbible y porque la retirada no es existencial. La oposición opera bajo condiciones permanentes de final de juego. Cada apuesta es definitiva y cada pausa tiene un coste.

Por eso es importante el giro del régimen hacia la normalidad. No porque refleje una reforma genuina, sino porque reforma los criterios mediante los cuales se juzga la política. Cuanto más se permita al chavismo fracasar sin consecuencias y regresar intacto, más estrecho se vuelve el espacio para la disrupción. En la política venezolana, la ventaja decisiva no es la claridad moral o la audacia estratégica, sino la capacidad de perder, reiniciar y regresar, mientras que su adversario no puede.

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