
Tendemos a tratar las constituciones como si fueran contratos sociales, como si reescribir las reglas fuera suficiente para arreglar la relación que deben regir. Pero las constituciones hacen algo más limitado. Organizan el poder, definen la autoridad y establecen límites. El contrato social mismo vive en otra parte, en las expectativas que los ciudadanos y el Estado tienen unos de otros.
Esa relación es la que colapsó en Venezuela.
Durante años, el país operó bajo un acuerdo implícito moldeado por el petróleo. El Estado distribuyó los recursos, de manera desigual pero amplia, y a cambio esperaba lealtad, paciencia y cierto grado de aquiescencia política. Ese sistema se erosionó mucho antes de desaparecer. Lo que lo reemplazó no fue un nuevo contrato, sino una forma completamente diferente de relacionarse con el Estado.
El Estado dejó de ser algo que construir o incluso algo en lo que confiar. Se convirtió en algo a lo que acceder.
Lo que se afianzó no fue simplemente corrupción, sino un cambio en lo que se consideraba comportamiento racional. En un sistema donde las reglas se aplican de manera desigual, quienes las siguen se encuentran en desventaja. Con el tiempo, el cumplimiento deja de ser una virtud y se convierte en un pasivo. A medida que más personas se adaptan, las expectativas cambian. No sólo se supone que todos están aprovechando el sistema, sino que no hacerlo comienza a parecer ingenuo.
Esta lógica se extiende más allá de la alta política y llega a la vida cotidiana. El acceso, no el derecho, se convierte en el principio organizador. La cuestión ya no es qué permiten las reglas, sino qué tolera el sistema. Lo que emerge no es sólo un sistema corrupto, sino un equilibrio estable basado en la desconfianza mutua, donde los individuos actúan a la defensiva porque suponen que otros están haciendo lo mismo.
Los ciudadanos aprendieron que si ellos no aprovechaban el sistema, otros lo harían. Quienes estaban en el poder aprendieron que no poder extraer dinero los convertía en tontos.
El resultado es una sociedad que se adapta al Estado no confiando en él, sino navegando por él. Una sociedad de cómplices.
Lo que Venezuela enfrenta no es simplemente la reconstrucción institucional, sino algo más difícil: la necesidad de desaprender la extracción. Durante décadas, el Estado ha sido experimentado no como un marco al que sustentar, sino como un recurso al que acceder.
Esa lógica no se puede eliminar legislativamente. Hay que revertirlo.
El legado del Estado personal
Esto no comenzó con Hugo Chávez. La idea de que el Estado existe para ser utilizado por quienes lo controlan tiene raíces más profundas. Mucho antes del petróleo, la vida política venezolana estaba moldeada por una élite reducida, a menudo descrita como los amos del vallepara quien el poder era a la vez autoridad y acceso. El Estado no era algo ampliamente compartido, sino algo sostenido.
Como sugirió Rafael Ángel Rondón Márquez en su retrato de Antonio Guzmán Blanco como un “autócrata civilizador”, Venezuela a menudo se ha construido a través de figuras que concentraron el poder para imponer el orden. Este modelo no era simplemente autoritario, sino funcional en un país marcado por la fragmentación y la inestabilidad. La autoridad se justificó como un requisito previo para el progreso y el control como una condición para la modernización.
Desde Simón Bolívar hasta Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez, el patrón se repite: poder sin necesidad de autoridad. El Estado surge no como un marco impersonal, sino como algo moldeado y sostenido por quienes lo gobiernan.
Porque el momento que sigue no será simplemente una transición política. Será la primera oportunidad real en décadas para repensar la relación entre los ciudadanos y el Estado.
El período democrático de finales del siglo XX interrumpió ese ciclo, pero no lo transformó por completo. Amplió la participación e introdujo restricciones, pero no desplazó por completo la expectativa subyacente de que quienes lo controlaban podían utilizar al Estado. Cuando el sistema empezó a fallar, esa lógica resurgió con poca resistencia.
Lo que cambió bajo Chávez no fue esa lógica, sino su escala y su alcance. El petróleo amplió los recursos disponibles. El chavismo amplió quiénes podían reclamar acceso a ellos. El lema Venezuela ahora es de todos capturó algo real, pero no de la forma prevista. No señaló el surgimiento de un sentido compartido de propiedad sobre el Estado. Señaló la ampliación del acceso a él.
Lo que antes había estado restringido a una élite reducida ahora se enmarcaba como un derecho colectivo. Pero la relación subyacente no cambió. El Estado todavía era algo que podía ser utilizado, sólo que ahora por más personas.
En ese sentido, el chavismo no rompió con el pasado sino que lo completó.
El síndrome de la piñata
Esto ayuda a explicar por qué la reconstrucción de las instituciones ha resultado tan difícil. Un sistema político que funcione requiere más que reglas. Requiere reciprocidad. Los ciudadanos deben creer que contribuir al sistema no los dejará en desventaja. Quienes están en el poder deben creer que la moderación no será castigada. En Venezuela, ambos supuestos colapsaron.
Los ciudadanos aprendieron que si ellos no aprovechaban el sistema, otros lo harían. Quienes estaban en el poder aprendieron que no poder extraer dinero los convertía en tontos. Con el tiempo, estas expectativas se reforzaron entre sí. La confianza no simplemente decayó, sino que se volvió irracional. Lo que surgió no fue simplemente corrupción, sino una trampa de coordinación, un sistema en el que la desconfianza se convirtió en la única respuesta estable.
En ese contexto, la apelación a la legitimidad democrática puede resultar engañosa. La idea de que la voluntad del pueblo conlleva una autoridad moral inherente, a menudo resumida en la frase “vox populi, vox Dei”, convierte los resultados políticos en algo más cercano a los veredictos morales. Pero la legitimidad democrática no es lo mismo que la infalibilidad. Las elecciones producen mayorías, no verdad. Y una mayoría, incluso cuando sea real, no puede justificar la erosión del mismo sistema que hace posible la vida colectiva.
Una mayoría tiene derecho a gobernar. No tiene derecho a desmantelar las condiciones que hacen posible el gobierno.
La fase actual de la política venezolana refleja este agotamiento. El sistema ya no está ampliando el acceso ni redefiniendo su base social. Se trata de gestionar el declive, estabilizar lo que queda y posponer un ajuste de cuentas más profundo. Figuras como Delcy Rodríguez son menos arquitectos de un nuevo orden que administradores de uno al que se le está acabando el espacio para adaptarse.
La reconstrucción de las instituciones venezolanas requerirá mucho más que un cambio político.
La cuestión, entonces, no es cómo se estabiliza el sistema actual, sino qué vendrá después de que ya no pueda hacerlo. Porque el momento que sigue no será simplemente una transición política. Será la primera oportunidad real en décadas para repensar la relación entre los ciudadanos y el Estado.
Aquí es donde el lenguaje de la ciudadanía se vuelve inevitable. Ser ciudadano no es simplemente tener un pasaporte o reclamar un conjunto de derechos. Es ser parte de una comunidad política que se extiende más allá de cualquier generación. El país no es algo para distribuir o consumir. Es algo que hay que sostener.
Sin embargo, para una generación de venezolanos, el Estado ha sido algo con lo que hay que trabajar, dejar atrás o soportar. Millones de personas construyeron sus vidas fuera de él, a través de la migración, las remesas y los sistemas informales que operan independientemente de las instituciones públicas. La salida reemplazó a la participación. La supervivencia reemplazó a la pertenencia.
En ese sentido, Venezuela no está intentando renegociar un viejo contrato social. Se trata de construir uno para personas que nunca experimentaron de manera significativa el último.
Venezuela no sólo perdió sus instituciones. Se perdió la expectativa de que importaran. Reconstruirlos requerirá mucho más que un cambio político. Cualquier futuro Estado venezolano fracasará si se basa en la expectativa de que existe para ser aprovechado. Se necesitará una sociedad dispuesta a creer que no aprovechar el sistema ya no es un error. La dificultad de reconstruir Venezuela radica no sólo en cambiar a quienes están en el poder, sino en deshacer un sistema que muchos aprendieron a sobrevivir y del que en ocasiones se benefician.
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