
El ciclo informativo en Venezuela tras la captura de Maduro por parte de Estados Unidos el 3 de enero ha avanzado a un ritmo sorprendente. En apenas unas semanas, la discusión de una ley de amnistía, la liberación de presos políticos, incluidas figuras de alto perfil como Juan Pablo Guanipa, o el cierre de El Helicoide han generado un flujo constante de titulares que sugieren mucho movimiento.
Sin embargo, en la historia política de Venezuela, las primeras miradas rara vez cuentan la historia completa. Una mirada más cercana revela las trampas ocultas en esos titulares: “liberaciones” que en realidad son libertades condicionales, un proyecto de ley de amnistía que excluye a muchos presos políticos y deja demandas clave sin satisfacer, y la amenaza inminente de nuevas detenciones, materializada en el nuevo arresto de Guanipa menos de doce horas después de su liberación.
Estos gestos no se improvisan. Desde el 3 de enero, el liderazgo ahora encabezado por Delcy Rodríguez ha invertido fuertemente en proyectar moderación y pragmatismo en el exterior, posicionándose como el socio más viable para la estabilidad.
En ese esfuerzo, el régimen a menudo se ha beneficiado, a veces sin querer, de la propia estructura de información internacional. Parte de esta dinámica surge del estricto control del régimen sobre el acceso, incluidas restricciones a los corresponsales extranjeros y la concesión selectiva de entrevistas exclusivas a medios elegidos. Pero también es estructural. En un entorno mediático polarizado y acelerado, los anuncios iniciales suelen recibir más atención que sus consecuencias, lo que hace más difícil rastrear cómo se desarrollan los acontecimientos dentro de la estructura más amplia de poder.
El régimen comprende esta dinámica y opera dentro de ella.
Confundir y conquistar
Lo que conecta estos episodios no es la coincidencia, sino el método. El régimen genera frecuentemente anuncios superpuestos, concesiones parciales y gestos selectivos que dificultan seguir la secuencia completa de los acontecimientos.
Con el tiempo, el liderazgo del régimen ha aprendido que generar acciones visibles funciona. Estas acciones no necesitan ser estructurales o transformadoras, simplemente deben ser lo suficientemente impactantes como para convertirse en titulares discretos. Una vez relatada, la acción misma se convierte en la historia, mientras que el contexto y la secuencia más amplios a menudo desaparecen de la vista.
Esta dinámica es particularmente visible en la gestión de la oposición. El régimen ha fomentado divisiones a través de múltiples mecanismos, debilitando la acción cohesiva y al mismo tiempo presentándose como conciliador. La actual Asamblea Nacional, por ejemplo, incluye figuras etiquetadas como legisladores de oposición a pesar de la significativa opacidad que rodeó los procesos electorales que los llevaron allí, lo que permitió al régimen proyectar pluralismo.
La memoria contextual acortada, en la que se informan los acontecimientos pero no se revisan continuamente los patrones, en última instancia beneficia al régimen.
De manera similar, las iniciativas de diálogo que involucran a individuos descritos como líderes de oposición “moderados” se presentan como evidencia de una apertura política, incluso cuando esos actores carecen de un mandato claro o amplio. En contraste, María Corina Machado y otros que se niegan a participar a menudo son retratados como “radicales”, no necesariamente por su extremismo ideológico, sino porque se niegan a legitimar mecanismos que funcionan principalmente para ganar tiempo y reforzar la imagen del régimen.
El proyecto de ley de amnistía parece mostrar la misma dinámica: no sólo deja fuera a muchos presos políticos, sino que también corre el riesgo de fracturar a los grupos de víctimas al recompensar la adaptación y penalizar la negativa. Sin embargo, una vez que circula el titular de la “amnistía”, las exclusiones más amplias pasan a ser secundarias y, desde la perspectiva del régimen, la ganancia narrativa inmediata puede que ya sea suficiente.
Esta táctica opera dentro de una realidad estructural más amplia. Venezuela es políticamente compleja y ha estado en crisis durante décadas. Para los medios de comunicación internacionales que gestionan múltiples crisis globales, la contextualización sostenida es difícil. La memoria contextual acortada, en la que se informan los acontecimientos pero no se revisan continuamente los patrones, en última instancia beneficia al régimen.
Sesgos y agendas en competencia
La cobertura internacional ha interpretado durante mucho tiempo a Venezuela a través de marcos familiares (autoritarismo, sanciones, polarización) en lugar de a través de la degradación institucional específica que define al régimen. Esto no implica simpatía por el gobierno. Simplemente aplana la crisis. Cuando se trata a Venezuela como otro Estado autoritario que negocia transiciones políticas, la profundidad del colapso institucional y el enredo del poder estatal con estructuras coercitivas e ilícitas a menudo reciben menos atención.
Después del 3 de enero, esta dinámica se hizo más visible. La cobertura se centró en gran medida en la legalidad y las implicaciones geopolíticas de la captura de Maduro, con comparativamente menos énfasis en el historial documentado de abusos del régimen. En un clima mediático fuertemente polarizado, el escrutinio de las acciones estadounidenses a menudo eclipsó el escrutinio del propio régimen. Esa asimetría contribuyó a una sutil relativización de la trayectoria del régimen.
Por otra parte, prioridades en competencia dentro de Washington dieron forma al debate político y la cobertura mediática en torno a Venezuela. Algunos actores enfatizaron el compromiso y las oportunidades económicas, particularmente en lo que respecta al petróleo, presentando gestos como la liberación de prisioneros como señales de rápido progreso. El presidente Trump se hizo eco de ese planteamiento y afirmó que los presos políticos estaban siendo liberados a un ritmo rápido, en un momento en que el Foro Penal había documentado aproximadamente 250 liberaciones de más de 800 detenidos, la mayoría en condiciones restrictivas.
Las diferencias de tono no crean necesariamente un sesgo en los medios, pero contribuyen a un entorno narrativo fragmentado en el que circulan simultáneamente señales de progreso y señales de precaución.
Otros adoptaron una posición más cautelosa. Durante su declaración ante el Senado, el Secretario de Estado Marco Rubio afirmó que el liderazgo de Delcy Rodríguez no sería juzgado por su retórica sino por sus acciones, y enfatizó que el ritmo, las condiciones y el cumplimiento eran importantes.
Estas diferencias de tono no crean necesariamente un sesgo en los medios, pero contribuyen a un entorno narrativo fragmentado en el que circulan simultáneamente señales de progreso y señales de precaución. Esa fragmentación en ocasiones se ha extendido a las representaciones de las propias figuras de la oposición. Informes que citan a funcionarios estadounidenses anónimos han descrito frustraciones con el posicionamiento de María Corina Machado, enmarcando implícitamente su postura como una complicación de una estrategia más amplia. Cuando se cita a funcionarios anónimos para expresar frustraciones, en lugar de revelar cambios sustanciales de política, la línea entre informar y dar forma narrativa se vuelve borrosa.
A juzgar por las acciones y lo que sigue.
El estándar de Rubio para juzgar por acciones es razonable. Pero en Venezuela las acciones no pueden leerse de forma aislada. Un comunicado, una reunión o una propuesta legislativa pueden ser objetivos. Sin embargo, sin contexto, tiempo, secuencia y lo que se desarrolla a su alrededor, los ajustes tácticos pueden parecerse a un cambio estructural.
El caso de Juan Pablo Guanipa visibiliza esta tensión. Su liberación contribuyó a la narrativa del progreso. La rápida nueva detención que se produjo horas después lo trastocó. El régimen no quiere una movilización masiva en las calles, pero también necesita proyectar moderación en el exterior. Cuando Guanipa se movilizó, obligó al régimen a elegir entre mantener su imagen internacional y reafirmar el control interno, y optó por el control.
Momentos como este desnudan la estrategia. No existe ningún mensaje calibrado capaz de conciliar un nuevo arresto con afirmaciones de normalización. Ningún truco de secuenciación puede ocultarlo. Si bien el régimen a menudo puede manejar los titulares a través de gestos parciales, episodios como el de Guanipa exponen la lógica subyacente con demasiada claridad como para desdibujarla.
Ahí es también donde se hace visible la agencia de los venezolanos. Cuando los ciudadanos y las figuras de la oposición ponen a prueba los límites de las concesiones controladas, revelan si esos gestos indican una transformación o simplemente un retraso. Si el régimen responde con represión, la narrativa del cambio colapsa. En ese sentido, los límites de la ilusión no están determinados sólo por el marco mediático, sino por hasta qué punto los venezolanos están dispuestos a luchar contra ella.
En Venezuela las acciones sí importan, pero sólo cuando se entienden dentro de su contexto completo. Sin ese contexto, corren el riesgo de convertirse en titulares que oscurecen más de lo que aclaran.
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